Magnetoterapia: cómo conseguir que a usted le funcione


Colaboración con La Ciencia y sus Demonios publicada el 8 de noviembre de 2010.

La magnetoterapia es una práctica de la llamada medicina alternativa que consiste en la aplicación de campos magnéticos sobre el cuerpo para el tratamiento de algunas enfermedades, o bien para el alivio de dolores crónicos o provocados por algún traumatismo o patología.

Mi intención no es entrar a debatir acerca de si la magnetoterapia sirve para algo o no, principalmente porque mientras no haya estudios rigurosos que apoyen su efectividad, en los que se mida su eficacia mediante experimentos verificables, reproducibles y acompañados de un estudio estadístico serio, tal debate no existe. Lo que me gustaría contarles es que, a pesar de que hasta donde yo sé no hay publicado ningún estudio de estas características, he podido comprobar que, gracias a una sencilla aplicación de matemáticas elementales, sí que hay quien puede haber dado con la manera de demostrar a algunas personas que funciona. O al menos de lograr que se lo crean.

Pero antes que nada permítanme que les ponga en antecedentes. Hace pocos días estaba casualmente hojeando el periódico gratuito “Qué!”, en su edición de Sevilla del miércoles 27 de octubre, cuando me encontré con un anuncio bastante vistoso (ocupaba algo más de una cuarta parte de la hoja) cuyo título rezaba: “Campaña gratuita contra el dolor/otoño 2010: Magnetoterapia contra las dolencias debidas al ritmo de vida actual“.

Como consumidor sensible al marketing que soy, y atraído por el elocuente slogan y por el sugerente color violeta del sobretítulo, me dispuse a leer la letra pequeña del anuncio, encontrando una sencilla explicación acerca de las “virtudes” de la terapia magnética (en la que además se afirmaba que éstas vienen avaladas por “numerosos estudios clínicos”). Pero lo que realmente me ha llevado a la sorprendente conclusión que da título a esta entrada ha sido un recuadro insertado en el propio anuncio, hábilmente coloreado del mismo tono violáceo, en el que se ofrecía “Una oportunidad para probar gratuitamente los beneficios de la magnetoterapia”.

¿Qué tiene esto que ver con algún método matemático que haga funcionar la magnetoterapia? Para explicárselo, permítanme que les ilustre con un ejemplo muy sencillo.

Imagínense que yo soy un emprendedor que desea comercializar un producto. Sé que los productos relacionados con la salud tienen bastante salida, pero poner a la venta algo que realmente funcione tiene el molesto inconveniente de que antes de lanzarlo al mercado hay que realizar largos y costosos estudios que demuestren su eficacia. Podría dedicarme a vender otra cosa cuya valía sea menos engorrosa de demostrar, como por ejemplo un martillo a pilas, pero como lo que me interesa es vender mi producto, y como en este país no es necesario demostrar que algo funciona de verdad para venderlo, decido inventarme yo mi propio remedio contra cualquier tipo de dolor crónico, ya que seguro tendrá mucho más éxito que el martillo.

Debe ser algo atractivo, que tenga algún componente misterioso y, a ser posible, exótico. Ya está, lo tengo: voy a popularizar la Ritmomeloterapia por Resonancia, que consiste en un aparatito que emite compases de extrañas melodías de música tradicional de los chamanes aborígenes de Bora-Bora, del que afirmaré que un grupo de científicos encabezados por, por ejemplo, el doctor Matalahaüssen (quién será un reconocido experto en medicina alternativa, por supuesto), ha comprobado que se sincroniza con las vibraciones naturales de las membranas celulares de tal forma que permite el drenaje de la energía negativa acumulada en los tejidos que causan el dolor.

El siguiente paso será, obviamente, popularizarlo. Pero me encuentro con otro problema: la gente no es tan ignorante como yo creía, y aunque pueda colar lo de las vibraciones naturales, lo de los chamanes y otras patochadas parecidas, si se dan cuenta de que el invento no funciona al final nadie me comprará el cacharrito. Y aquí es donde entran las matemáticas.

El método consiste en lanzar una campaña publicitaria en algún medio de comunicación nacional que tenga los mismos escrúpulos que yo, o incluso el doble (recuerden, 0 x 2 = 0). En ella ofreceré una prueba gratuita para que la gente que sufre algún tipo de dolor persistente, que por desgracia es mucha, sienta que no pierde nada por probar. Imaginemos que consigo que 1.000 personas accedan a realizar la prueba. De esas 1.000 personas, es razonable pensar que un número significativo de ellas experimentará una mejora en su estado en los días posteriores al “tratamiento”, bien porque los síntomas remitan de forma natural, porque estén siguiendo otro tratamiento que sí funcione, o incluso por puro azar. Seamos conservadores e imaginemos que sólo el 30% (algo menos de una tercera parte) experimenta esta mejoría. Pues bien, ya tengo 300 personas susceptibles de achacar la reducción de su dolor a los compases de la música aborigen.

Entonces me olvido de los 700 que no han mejorado, y por si aún quedan escépticos ofrezco a los 300 que sí lo han hecho una segunda prueba. Sigamos suponiendo que en los días posteriores mejorará el 30%, que son 90. Es bastante improbable que estos afortunados “pacientes” no atribuyan ya a mi revolucionario invento la causa de su curación. Ya tengo mis primeros 90 aparatitos vendidos. Si los vendo a 350 euros (¿por qué no? la Power Balance es un “cacho” de plástico y vale 35), ya me habré metido 31.500 euros en el bolsillo.

A los restantes 180 puedo intentar ofrecerles una tercera prueba más, alegando que el sistema requiere de algo más de tiempo para funcionar. Si de estos la tercera parte mejora de nuevo, ya tendré 21.000 euros más en mi cuenta. 52.500 euros por vender algo que probablemente no funcione, es un buen negocio ¿no creen? Y lo que es mejor aún: para estos 144 pobres incautos, mi cacharro sí que funciona. Et Voilà.

Por supuesto la cosa no queda ahí, pues los 144 primeros compradores tendrán vecinos, primos, hermanos u otra gente con la que compartirán dolencia a los que dirán la frase que más dinero proporciona en este negocio: ¡pues a mí me funciona!. Y ya está echado el cebo, pues es más fácil que te compre la maquinita alguien por recomendación de otro que por leer un anuncio en el periódico. Hala, a vender.

No creo que les cueste mucho trasladar este ejemplo a la magnetoterapia o a cualquier otro método de medicina alternativa que se les ocurra. Y si se fijan bien, en todo este proceso no influye para nada que el tratamiento funcione realmente o no, pues en ningún momento he realizado un estudio que sea capaz de distinguir si las mejorías son debidas a él, a otros factores o al azar. Existen métodos experimentales y matemáticos que permitirían aclararlo (el contraste de hipótesis, por ejemplo), pero tienen dos inconvenientes: cuestan dinero y puede que al final el resultado del estudio sea que el aparatito no funciona.

Es esta última posibilidad la que legitima las dudas acerca de las intenciones de cualquier persona o empresa que trate de comercializar un producto de estas características sin haber realizado ningún estudio formal que compruebe sus efectos. Lo que cuesta bastante de entender, por tanto, es porqué las autoridades permiten que se publicite y comercialice cualquier tipo de aparato, pulsera, pirámide o pata de conejo al ajillo con la afirmación de que es beneficioso para la salud sin exigir una demostración “previa” de los efectos que dice tener, cuando existe la posibilidad de que la ausencia de tal demostración sea debida a que se trate de auténticos fraudes que en algunos casos pueden hasta llegar a ser perjudiciales para la salud de los consumidores.

Pero no se crean que esto se permite porque las instituciones encargadas de controlar el fraude no estén al tanto de esta forma de actuar. Porque si hablamos del sagrado mercado financiero en lugar de la irrelevante protección de los consumidores, la cosa cambia bastante. Ahí sí que se tira de ciencia, de matemáticas y de lo que sea preciso, que con el dinero no se juega, faltaría más. Fíjense bien.

Un negocio similar al anterior se podría montar vendiendo asesoramiento acerca de las futuras fluctuaciones de la bolsa, por ejemplo. Me bastaría con enviar a 1.000 inversores una carta diciendo que un determinado valor va a subir, y a otros 1.000 la misma carta, pero diciendo que va a bajar. Si por ejemplo el valor sube, me olvido de los primeros 1.000 y divido a los otros 1.000 en dos grupos. Entonces le envío a 500 una carta diciendo que ahora el valor bajará, y a los otros 500 les digo que va a subir. Si luego el valor baja, me quedo de nuevo con los primeros 500 y repito el proceso, dividiendo ahora el grupo en dos de 250. De los 250 inversores que hayan recibido una carta mía acertando tres pronósticos consecutivos, muy pocos dudarán de mi capacidad como asesor, por lo que no creo que fueran a rechazar el precio que les ponga para mi cuarta predicción (por ejemplo, si les pido 1.500 euros a cada uno, me podría llevar 375.000 euros “calentitos”)*.

Pues bien, si hago esto, que obviamente es un timo, las autoridades me considerarán un estafador y seré procesado por cometer un delito. Pero si hago lo mismo con mi “Ritmomeloterapia por Resonancia”, no sólo me forro, sino que me convierto en un visionario paladín de la lucha contra la industria farmacéutica y el establishment científico que mueve los hilos de nuestra decadente sociedad. Incluso con un poco de suerte puede que algún político de cierta relevancia aparezca públicamente luciendo uno de mis aparatejos.

¿Ustedes lo entienden? Yo tampoco.

Lo escribió Javier Oribe para La Ciencia y sus Demonios.

Sevilla, noviembre de 2010


Referencias:

Diario ¡Qué es!, edición impresa de Sevilla, miércoles 27/10/2010, pag. 12 ()
Ciencia Kanija: Magnetoterapia: Un despilfarro de mil millones de dólares
La Ciencia y sus Demonios: 10 razones para no creer en el par biomagnético
La Ciencia y sus Demonios:¡Pues a mí me funciona!
*Este ejemplo lo encontré en el libro “El hombre Anumérico”, de John Allen Paulos

6 comentarios

  1. La pagina de tu Blog se ha actualizado…

    [..]Articulo Indexado Correctamente en la Blogosfera de Sysmaya[..]…

  2. Hola, muy interesante el post, saludos desde Argentina!

  3. Interesante articulo, estoy de acuerdo contigo aunque no al 100%:)

    1. Gracias, Raskavalay, pero estaría bien que comentaras en qué no estás de acuerdo.

  4. Porque si hablamos del sagrado mercado financiero en lugar de la irrelevante protección de los consumidores, la cosa cambia bastante. Ahí sí que se tira de ciencia, de matemáticas y de lo que sea preciso, que con el dinero no se juega…

    ====

    En realidad me parece que tampoco, o sea que tampoco en los asuntos de negocios hay mas ciencia o matematicas que en curanderismo… esta crisis es sobrada prueba y a no tardar a todos nos embargara la sobrevenida certidumbre de que todo el asunto financiero no ha sido otra cosa que un gigantesco esquema Ponzi: pago de reditos a los primeros inversores con los capitales aportados por los siguientes inversores.

    Sin embargo es cierto que en caso de montar ese curioso chiringuito de asesoramiento de inversiones no tardarias en tener problemas y ello no tanto porque las autoridades se fijen mas, como por la naturaleza de los clientes y sobre todo el monto de lo estafado, pues podrian demanda ante el juez y sucederian cosas.

    Los estafados por timopulseras y timomagnetismos no suelen denunciar y se culpan a si mismos por haber sido unos pardillos. Incluso un juez desestimó una demanda contra un terapista contra el cancer alegando que los demandantes tenia suficiente nivel cultural para comprender que aquello era un timo.

    Finalmente, tampoco es desdeñable el influjo del clima neoliberal que no ha cesado de salmodiar el conjuro magico del mercado, o sea de la famosa oferta y demanda, donde los agentes son libres de ofrecer y aceptar lo que sea a propio riesgo.

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